El Ser Supremo
Abandonar la admisión de un Ser Supremo como realidad esencial de la vida del hombre hace de la prostitución la conducta ideal de la mujer; de la perfidia y la traición, el nivel ético más elevado alcanzable por el hombre; y de la destrucción total por medio de la deslealtad, las bombas y las armas, la meta más elevada que una cultura puede alcanzar.

Así pues, no hay mucho que discutir sobre la realidad de un Ser Supremo, puesto que se ve, en la falta de aprobación de esa realidad, un sendero inmundo y repugnante que desciende hacia las profundidades más depravadas.

Esto es triste y lastimoso. Ninguno de los imperios estudiados con anterioridad llegó a ser jamás tan corrupto y ateo en su senilidad como la media general de las sociedades humanas del mundo de hoy. No es de extrañar que una ideología-que sostiene que se puede moldear al hombre, generación tras generación, hasta convertirlo en una pieza de maquinaria sin mente; que no hay destino alguno para el individuo, excepto su lugar como engranaje sin emociones y sujeto con rigidez en una rueda social que prosigue su tedioso y desesperanzado rechinar-ordene a sus esbirros la destrucción y la erradicación de cualquier sociedad del que produce, de la persona independiente, del pensador o de cualquier hombre noble.

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